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lunes, 26 de diciembre de 2016

Yo también vi el Madbear (desde lejos)

Si seguís las noticias un poco o si los oriundos habéis tenido el valor de acercaros a la calle Preciados, habréis notado que este puente los provincianos hemos invadido Madrid, haciendo que andar por Sol fuese poco menos que una aventura de riesgo.

En mi caso, fui con una tía veintipico años mayor que yo con la que tengo una buena relación y, de vez en cuando, nos hacemos un viajecito. Este año pensábamos ir a Málaga, pero por problemas de fechas lo cambiamos por la capital del reino. Hicimos lo clásico: hostal en Huertas, museos, cines y teatro. Hay dos cosas que se salieron fuera de lo común: mis visiteos a los amigos de mis tiempos de estudiante (hice la carrera allí) y la coincidencia de fechas con la Madbear.

Gracias a Pasa el Mocho, ya estaba al tanto del evento que se organizaba, así que me pasé los días ojo avizor a ver cuántos osos cazaba (con la mirada, claro). Los primeros días fuimos a museos un tanto alejados del centro. Por cierto, no me gusta comer en lugares de turisteo, pero me costaba horrores sacar a mi tía de allí. Por fortuna, el primer día conseguí llevarla a Guzmán el Bueno y el segundo a la Velázquez. El tercer día comimos en Sol y me reafirmo en la idea de alejarse de las zonas más turísticas.

Yo soy un poco ignorante con las bellas artes, pero a mi tía le encantan. El primer día vimos una exposición de los Fauvistas que no estuvo mal, pero el segundo acabamos en otra de experimentación sonora. No sé si a la esta gente tiene el cerebro demasiado tostado o un sentido del humor sensacional:


En cualquier caso,  esta exposición fue un poco excesiva para los dos. El domingo estuvimos en otra de Marcel Broodthaers, en el Reina Sofía, que era un poco menos rebuscada, pero cuando la gente empezó a filosofar sobre el concepto de arte y los urinarios vueltos del revés lo cierto es que yo, hombre ignorante, ya me perdí.

A lo que íbamos: el Madbear. Excepto el sábado, no vi muchos osos por el centro... Hasta que nos metimos en el Thyssen. No sé si la exposición de Bulgari era un buen reclamo o es que más de uno esperaba encontrarse a Borja por ahí, pero el museo estaba plagado (vi uno más guapo que todas las cosas, por cierto).

Terminado de ver ese museo, nos dirigimos al el Teatro Marquina, entre el Paseo del Prado y la calle del Barquillo y después acabamos cenando en el mercado de San Antón, al lado de la plaza de Chueca y, como os podéis imaginar, estaba lleno de individuos de dicha especie. Además, cuando van dos o tres, pasan más desapercibidos pero, cuando van en grupos de seis o siete con su indumentaria estándar (rapados, barba y camisa de cuadros) ya no. A mi tía, que no sabía de qué iba el tema, le empezó a resultar un poco extraño toda esa gente y en un momento exclamó: "¡Mira ese grupo! ¡Si parecen Hooligans!" Ay tía, si tú supieras...

Otra cosa muy común esos días es que todos tenemos la misma idea: ir a Madrid. Y la consecuencia es que te encuentras con más conocidos en Sol que en la plaza del pueblo. En el tren de vuelta me encontré con tres personas "del ambiente de la zona" que también habían pasado el puente en Madrid. Cuando nos sentamos en el asiento mi tía me pregunto que si eran pareja. Va a resultar que ella va a tener el radar más desarrollado que yo...

Pseudoalucinación parasitaria de hoy: The dancing bear - Natalie Merchant.


P.D. Empecé a redactar esta entrada hace unos días y el tiempo se me ha echado encima, así que aprovecho para desearos unas felices fiestas (con retroactividad) y una buena salida y entrada de año.

jueves, 23 de junio de 2016

Partida

Los (pocos) lectores habituales de este blog habréis imaginado que no he tenido mucho tiempo de escribir estos dos meses. El trabajo, la casa y otros proyectos que tenía parados a la espera de trabajo me han tenido bastante ocupado.

Precisamente, por el trabajo (o la falta de este), llevo notando un tiempo un fenómeno que, si bien en otras latitudes ha sido más habitual durante décadas, aquí es relativamente reciente: la emigración.

Es cierto que esta zona no ha sido una de las más castigadas por el desempleo, pero la falta de expectativas hace que se exiga una movilidad mayor, que en el caso de las grandes ciudades no es tan acusado, sin embargo aquí ha hecho que gran parte de mi grupo de amigos hayan tenido que irse a trabajar a cientos de kilómetros, y que de los que quedamos aquí, yo tengo el puesto de trabajo más cercano a mi domicilio y son 25 km. es decir, nadie trabaja en la localidad de residencia. Todos fuera.
Es triste ver como tu pueblo se vacía, ver que tus amigos se van. No me preocupa el quedarme solo (el grupo ha quedado bastante reducido), ya que todo el tiempo que pasé fuera me ha hecho desarrollar recursos para tirar para adelante. Sin embargo, cuando regreso a mi localidad natal se me cae la moral al suelo.

Esa ciudad es poco más grande que mi pueblo. Casi toda mi familia vivía ahí, pero entre que mis abuelos se murieron, tíos a los que les he perdido la pista y que ninguno de los primos ya vivimos allí, ya sólo voy a visitar a una tía con la que tengo una relación muy cercana. El caso es que, con el ajetreo que llevo, llevaba bastante tiempo sin ir a verla.

Fue el que llevaba tiempo sin ir, que ese sitio lleva buenos recuerdos (quizás de los mejores) de mi infancia, junto el ver las calles medio vacías un domingo por la tarde, hizo que se me quedara mal sabor de boca. Al caer la noche, entramos a un bar a cenar un bocadillo y pusieron el "Shape of my Heart" de Sting, canción melancólica donde las haya.

Los días posteriores, cada vez que escuchaba esa canción, me entraba una sensación de tristeza y melancolía como hacía tiempo que no experimentaba.

Pseudoalucinación parasitaria de hoy: Shape of my Heart - Sting.

jueves, 11 de junio de 2015

Provisionalidad a través de los visillos

En mi día a día intento no estar pensando en tristezas. No compensa estar todo el día quejándose y lamentándose de lo miserable que es la vida de uno. Sin embargo, hay veces que de la manera más tonta viene el bajón. Pequeñas circunstancias, cosas sin imprtancia que, sin querer, traen otras cosas en las que pensar y disgustarse.

Desde que mis padres se jubliaron, poco a poco han ido reformando la casa. Han aprovechado ahora que tienen salud y así ya la dejan bien para el tiempo que haga falta. Falta la cocina, que se hará dentro de unos meses y mi habitación. Está igual que hace veinte años en los que sólo he cambiado el colchón, las puertas del armario empotrado y el parquet flotante que había que cambiarlo con toda la casa. He estado muchos años fuera, pero siempre ha sido mi habitación y nunca se le ha dado otro uso. La idea es tirar los muebles más viejos (dos armarios y una eatantería de más de 30 años) el día que me vaya definitivamente y vacíe el cuarto.

El otro día mi madre cambió los visillos de las ventanas. Puso unos enrollables en las ventanas de los cuartos que más se usan y unas fijas con velcro en las que menos: el cuarto de la plancha, la ventana trasera del salón, el cuarto de mi hermano (que no se usa mucho)... Y el mío. Total, para el tiempo que voy a estar aquí no compensa poner de los otros.

Debido a que estoy en un proceso de selección para ir a trabajar al quinto pino, estoy especialmente sensible a estas cosas. Cierto es que me apetece emanciparme, pero no me hace especial ilusión cambiar de país y empezar a ver a la familia y amigos una vez al año deprisa, corriendo y mal, pero las alternativas no abundan y si hay que irse, uno se va.

El caso es que llevo viendo dos días viendo los dichosos visillos y se me pone un nudo en la garganta. Mi madre se ha dado cuenta que no me gustan y estaba ilusionada con ellos. Me siento culpable por ser así, pero son como un cruel recordatorio a la creciente provisionalidad de mi vida, cuando debería haber sido al revés.

Pseudoalucinación parasitaria de hoy: No sabe a dónde va - Amaral.

sábado, 14 de febrero de 2015

Ni Carnaval, ni San Valentín ni 50 Sombras de Grey

Hace unos días me llegó este fotomontaje vía Whatsapp:

Cierto es, hoy no voy a follar, como bien reza esta falsa cita de Julio Iglesias. La verdad es que no es porque no me apetezca, es que ninguna de las tres opciones forma parte de mi día.

En relación al Carnaval, no me gusta disfrazarme. Y eso que en mi pueblo los carnavales se celebran por todo lo alto. Existe la tradición entre los grupos de amigos de no contar a nadie de qué se van a disfrazar y hacerlo de manera que nadie te reconozca. Sin embargo, ni a mí ni a casi nadie de mi entorno le gusta ese rollo.

San Valentín me empalaga. Me gusta todavía menos. Igual es porque nunca he estado enamorado pero me parece una fiesta importada por conveniencia consumista. Soy de la opinión de que el amor hay que cultivarlo a diario. Si es así, a lo mejor un día como éste sobra. Por este motivo, hoy la pseudoalucinación va dedicada a la vida promiscua y al sexo sin amor:



Las Vulpes era un grupo punkie de manual. Este vídeo se emitió un sábado por la mañana de 1983 en un programa llamado "Caja de Ritmos", cuando todos los niños están viendo la televisión. El ABC puso el grito en el cielo, el Fiscal General del Estado se querelló contra ellas por escándalo público y el programa fue cancelado. Es una "perversión" (más todavía) del I wanna be your dog de los Stooges. Desde la perspectiva que da el tiempo, esta canción me encanta, por esa mezcla de rebeldía juvenil mezclada con ingenuidad que tiene (las edades de las componentes creo que iban desde los 17 a los 20 años en ese momento).

Y sobre "50 Sombras de Grey", pues ni he leído el libro ni voy a ver la película. No es un argumento que me atrae. He de reconocer que no echaría a Jamie Dornan a patadas de mi cama, pero ese rollo dominación - sumisión, hoy por hoy, no me gusta lo más mínimo en cuanto a prácticas sexuales.

Así que, dado que el amigo que no está celebrando San Valentín con su pareja o Carnaval también se ha buscado un plan alternativo para hoy, mi idea es subir a ver "Dios mío, pero qué hemos hecho" yo solo. A ver si hay suerte y la sala no está muy llena.

Pseudoalucinación parasitaria de hoy: Me gusta ser una zorra - Las Vulpes (versión de estudio).

martes, 13 de enero de 2015

Mi pueblo

El próximo sábado bajo a Madrid a pasar unos días. Dado que tenía que bajar de todas formas, voy a aprovechar para visitar a mucha gente que, por la distancia, no veo tan a menudo como quisiera.

Realmente me cuesta ponerle nombre al lugar donde vivo por una serie de razones. No nací aquí y tampoco tengo mucha familia. Tampoco participo mucho en la vida social de la localidad y, seguramente, si mis padres se fuesen a vivir a otro lugar no aparecería mucho por aquí. Pero vivo aquí y nombrarlo de otra manera sería complicado.

La vida me ha llevado por muchos lugares de residencia diferentes. Dentro de la provincia en la que habito, he vivido en otros dos pueblos. Además, he estado en otros cinco países diferentes (con estancias desde un mes hasta nueve) y he vivido ocho años y medio en Madrid.

A este lugar llegué con once años, casi doce. Llegué en un momento complicado para mí en relación a las relaciones humanas y me costó bastante hacer amigos nuevos. Los que tenía vivían en otros sitios y, como no tenía permiso de conducir y el transporte público era malo o inexistente, no podía verlos todo lo que hubiese querido ya que dependía de que alguien me llevase lo cual no era siempre posible.

Total que mi tiempo libre lo pasaba encerrado en mi casa y le fui cogiendo bastante manía a este pueblo. Tenía claro que no me gustaba y que me iría de aquí en cuanto pudiese. Con 18 años me surgió la oportunidad de ir a estudiar a Madrid y no me lo pensé.

Estuve muy agusto los años que pasé allí. Se me abrió un mundo impensable en un pueblo para un chaval de 18 años. Hice nuevas amistades y, a pesar de  todo, podía hacer cosas aunque estuviese solo. Paralelamente, empecé a ver mi pueblo de otra manera. Dado que la autonomía y la independencia no es la misma con 18 años que con 26 los problemas que veía en su día se habían disipado.

En 2006 la burbuja inmobiliaria estaba en su punto álgido y los tiempos de desplazamiento y aglomeraciones de la gran ciudad se me hacían un poco cuesta arriba, así que decidí dejar Madrid y buscar trabajo en otro lugar. Tras tres años dando vueltas por el mundo, me volví a instalar en el mismo pueblo al que llegué hace casi ya 24 años. En principio era temporal, pero la cosa se ha alargado cinco años hasta la fecha.

Debido a que la puta crisis demanda una cierta movilidad, tengo bastante probabilidad de volver a cambiar de localidad de residencia. La diferencia es que tengo 20 años más y otra mentalidad. Ahora tengo más libertad, amigos y una vida que no me gustaría cambiar mucho, sólo complementarla.

Cierto es que es un poco más difícil ser gay en un pueblo, por la dificultad que hay para conocer gente, pero se puede manejar la situación. Cuando tomé la decisión de irme de Madrid aún no había asumido mi verdadera orientación, pero no me arrepiento. No volvería sólo porque allí hay un Chueca y aquí no. Las personas somos un cúmulo de cosas y creo que mi sitio no está en una gran ciudad.

Pseudoalucinación parasiaria de hoy: Un pueblo es - María Ostiz.

domingo, 23 de noviembre de 2014

Abriendo la puerta

En mis últimos años en Madrid compartí piso con un chico que "entendía". Salió del armario conmigo justo antes de ocupar mi habitación. Por aquel entonces, yo tenía mis sentimientos más primarios escondidos bajo siete llaves y no me daba por pensar. Estaba muy ocupado en terminar la carrera, salir con mis amigos y planificar mi futuro profesional (cualquier excusa es buena para no enfrentarse a las cosas).

Durante el tiempo que compartimos el agujero de 40 m2 para tres personas, no me dio por preguntarle nada acerca de su homosexualidad. Lo consideraba un terreno muy personal y no me veía en la situación de preguntar sobre ello. Hoy me arrepiento. Hubiese sido una buenísima ocasión de poner en orden mi cabeza y mis hormonas, pero desaproveché la oportunidad. Hoy, más de ocho años después, ya hemos perdido el contacto.

Estos días hace un año que empecé a salir del armario con mi círculo más cercano. Creo que ya he comentado que vivo en un sitio pequeño donde es difícil coincidir con alguien y no tener conocidos en común. Es cuestión de tiempo que la gente hable. En el fondo eso me da igual, pero no me gustaría que mis padres, hermanos o mejores amigos sean los últimos en enterarse de esto, así que sin un estado de ánimo muy alto me he ido sentando con ellos y contarles las cosas a brochazos gordos y sin entrar en detalles de cómo me siento en realidad.

Sin embargo noto que, en general, les da miedo hablar. Y el problema es que a mí me cuesta también. Preguntan por el monte, pero a veces me da la sensación de que en realidad les da miedo llamar a las cosas por su nombre. Además, ultimamente me estoy viendo con alguien. Nada serio, pero me incomoda contarlo, así que todos mis miedos, mis inseguridades y mi falta de referentes me los tengo que comer con patatas.

Pseudoalucinación parasitaria de hoy: Talk to me - Maxim Nucci.